Noé y la redención de la palabra — Nóaj 5779

Por: Jaim Yehudá ben-Avraham FolchJaim Éder

Estamos a la Lectura de la Torá de Nóaj (Noé). Si hay algo que destacaría de Noé es la gestión de la palabra.

Primero, la palabra Divina: Noé, no lo debemos olvidar, era profeta, y el profeta debe profundizar en el mensaje divino y darle expresión en términos humanos. Y, precisamente, el mensaje divino le ordenó construir un arca para hacer flotar lo mejor de su mundo por encima de las aguas turbulentas del caos y la violencia que reinaban en su tiempo. No es casual que la palabra “arca” en Hebreo sea “tevá”, que viene a significar también “sílaba” o “palabra”: Noé vino a salvar la Voluntad Divina (hecha palabra) de rescatar a la Humanidad del marasmo de maldad en que se encontraba inmersa.

Y la maldad en los hechos, como todos sabemos, comienza por la palabra malintencionada: violenta, cínica o burlona. Seguro que Noé, durante su construcción del arca, tuvo que enfrentarse mucho a ello por parte de sus coetáneos, que debieron ser profusos en la crítica ácida de su magna obra. Su actitud pues, con la construcción del arca y deflectar la crítica ajena, fue sobre todo defensiva durante los 120 años que duró el proceso de construcción del arca.

Y 120 años vivió, precisamente, Moshé (Moisés), quien según los Sabios es un guilgul (“reencarnación”) de Noé (“Séfer haGuilgulim”). Moisés, a su tratamiento de la palabra, le dio un tono más “ofensivo”, no en el sentido de agresivo sino en el de tomar activamente la iniciativa. De este modo, así como Noé “sólo” pudo salvar a su familia nuclear –aparte de los animales y las plantas–, Moisés rescató su Pueblo y miembros de otros pueblos también esclavizados por Egipto, y hasta última hora buscó el arrepentimiento del mismo Egipto a través del Faraón, su líder supremo, por medio de un enfrentamiento en que la dialéctica –y por tanto la palabra– fue un elemento prominente.

Sin duda, la posibilidad de vivir múltiples vidas fue redemptiva para el alma de Noé: no sólo reencarnó en el profeta de la palabra, Moisés, sino que provenía de Hével (Abel), persona que quedó sin palabras ante la ofensiva verbal y físicamente violenta de su hermano Kain (Caín). Podemos entender pues, la vida de Noé, como un eslavón imprescindible para encadenar el proceso de redención de la palabra, y con ella, de la Humanidad, que concluirá con la persona del Mashíaj (el Ungido), él también reencarnación de Abel, y lógicamente de Moisés y del mismo Noé. Entonces, el proceso histórico se cerrará con la palabra definitivamente rectificada y la Humanidad rescatada. Que sea pronto y en nuestros días, ken yehí Ratzón [כן יהי רצון].

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